
Recientemente leímos que hay un nuevo algoritmo que ha conseguido ganar al ajedrez a los mejores algoritmos desarrollados por la IA hasta la fecha; y que ha logrado el éxito aplicando las marcas de estilo del romanticismo de los maestros del XIX. Parece haber una virtud que recuerda ligeramente al estilo de la época, lleno de sacrificios audaces y movimientos brillantes que intercambian material por ventajas posicionales. El caso es que el ajedrez de este maestro no se basa en los procedimiento que se desenlazan y se entremezclan en el desempeño de la intuición humana, como ocurría en los genios precursores del diecinueve, sino en la calculabilidad, por el cálculo combinatorio, probabilístico, de las computadoras más avanzadas de la era moderna.
Parece ser que los espectadores han quedado fascinados al observar unas partidas donde las piezas parecen bailar bajo patrones que solo las mentes más agudas podían llegar a sintetizar bajo su condición cognoscitiva, consciente e/o inconsciente. En cada movimiento, cada sacrificio, el nuevo algoritmo procede con una exactitud que algunos han calificado de sobrehumana, como resultado de millones de cálculos y procesos de análisis. Esta belleza, sin duda, que algunos han llamado cósmica, ha dejado una honda impresión en todo aficionado que ha tenido la oportunidad de presenciarla. Dejando de lado lo impresionante que sería conocer el procedimiento, procesamiento de información, que hace del humano un animal que lo realiza conservando la misma temperatura corporal , nos detendremos en la exaltación de la belleza, en la estética, en la sombra de un cálculo, en la cultura.
Sin duda hay un secreto sin mucha profundidad escondido detrás de este ajedrez de precisión. En 2017, la empresa DeepMind, propiedad de Google, había creado un programa llamado AlphaZero. Este programa no solo dominaba el ajedrez, sino también el complejo juego del Go. Los logros de AlphaZero ya fueron sorprendentes. Como sabemos ahora, solo era el comienzo. Inspirados por el éxito de AlphaZero, los investigadores de DeepMind decidieron aplicar la misma tecnología a un desafío mayor: descifrar la estructura de las proteínas. En 2020, lanzaron AlphaFold, un programa que cambió para siempre el campo de la biología. Las proteínas, con sus combinaciones infinitas de aminoácidos, eran mucho más complejas que cualquier partida de ajedrez o que la propia disposición de átomos en el universo; por supuesto AlphaFold logró descifrar estas estructuras con una precisión asombrosa.
Del mismo modo que reflexionábamos junto al físico Steven Weinberg en la primera entrega de la serie bajo este cuaderno de bitácoras: “En los límites superiores de una constante universal; en el límite inferior de una realidad”, que un síntoma inequívoco del carácter fundamental de una teoría científica es su rigidez. Y que esta rigidez, medida como la consistencia lógica de una estructura abstracta, es también un fenómeno perceptivo reflejado en la belleza. La rigidez de una teoría no solo es una cuestión de simplicidad o elegancia; también depende del valor cognitivo que le atribuimos/reconocemos.
La teoría de la relatividad de Einstein, por ejemplo, introduce la velocidad de la luz como un límite intrínseco del universo. Este sistema, como recordábamos en el articulo, más rígido que el de Newton, inevitablemente conduce a más conocimientos. La belleza de la relatividad reside en su inevitabilidad, en cómo nos lleva a comprender más sobre el universo de manera ineludible. Esta misma rigidez, que deriva en más conocimiento, parece similar a la precisión con la que AlphaFold descifra las estructuras proteicas o, más centrados en el evento que nos ocupa, en la decisión vinculada a un comportamiento calificado como romántico por la cosmoesfera de la razón humana. La precisión parece llevarnos a una belleza calificada como una actitud de época, la romántica para nuestro particular. Parece sorprendente que el XIX haya ganado al XXI. ¿No será que, en realidad, el cacharrito, la maquinita, que dice nuestra querida Hamartia das Heras, no ha entrado todavía en su estado XXI? Alucinen con la paradoja perceptiva temporal.
Sin querer ser circulares, pero dado que no es un artículo sujeto a revisiones extranjeras o extrañas finalidades productivas, en aquella serie aludíamos a que la inevitabilidad nos conduce a relacionar la capacidad de abstracción con el límite de nuestro marco lógico frente al resultado real que obtenemos a través de un proceso de adquisición de conocimiento. Es el límite de una teoría para conocer más, y “más” aquí significa “fuera del límite del universal establecido”. ¿Alcanzará la máquina una estructura perceptiva cultural del siglo XXI, XXII, XXIII? ¿Cuándo lo hará? ¿A qué tiempos y lugares se habrá desplazado nuestra cultura para entonces?