Poe y el autómata animado.

En la primera bitácora de esta serie vimos cómo la pregunta por la mejor partida de ajedrez lleva necesariamente a la pregunta por las características de la mejor ajedrecista. La primera respuesta posible a esta pregunta es, obviamente, que la mejor ajedrecista solo puede ser una mente humana.
Como valedor de esta respuesta elegimos a Edgar Allan Poe, que en 1836 publica un artículo sobre “El Jugador de Ajedrez de Maelzel” [1]. Dice Poe que, de ser este jugador “una pura máquina”, de realizar efectivamente “sus operaciones sin ninguna intervención inmediata del hombre”, este autómata sería muy superior a otros como el Mago de Maillardet [2], el Pato de Vaucanson [3], o la máquina calculadora de Babbage [4].
Poe describe pormenorizadamente en su texto cómo es el Jugador, “inventado en 1769 por el barón Kempelen” y después cedido por este a Maelzel, que lo exhibe en diversas capitales europeas y después prosigue su gira por Estados Unidos. El aspecto exterior del autómata es el de una figura antropomorfa, sentada, “vestida al estilo turco”, ante una gran caja que sirve de mesa, y donde se coloca el tablero de juego. El interior, que Maelzel muestra al público abriendo varias compuertas al inicio de cada exhibición, es una densa trama “de ruedas, piñones, palancas y otros mecanismos”.
El contenido mismo de la exhibición es una partida de ajedrez, entre el autómata y una o varias personas de entre el público, que se ofrezcan sucesivamente voluntarias. Y el resultado de la exhibición es que, “generalmente”, el autómata gana. No es, por un par de derrotas, el mejor jugador, pero parece que sí se encuentra entre los mejores.
La cuestión fundamental que quiere resolver Poe, y frente a la cual su descripción pormenorizada constituye un trabajo preparatorio, es cómo funciona el Jugador de Ajedrez. Lo llamativo, como el propio Poe señala con ironía, es que esa cuestión fundamental solo es relevante para quienes piensan que no es posible que el Jugador sea un autómata, mientras que quienes creen que es un autómata no parecen preocuparse en absoluto por el hecho de desconocer cómo funciona. Y, obviamente, quienes dudan que el Jugador sea un autómata conjeturan que este es realmente operado por un humano.

Poe repasa brevemente esas conjeturas, que se distinguen en función de si atribuyen o no al propio Maelzel la función de operario, y en función del tipo de medios por los que el operario dirige los movimientos del Jugador. Todas ellas tienen el defecto común de estar construidas a priori, es decir, muestran que es posible disimular de tal o cual manera que el Jugador está operado por una persona, pero que cualquiera de estas soluciones sea posible no quiere decir que sea cierta.
Frente a ese defecto, Poe construye su propia explicación inductivamente, a partir de la información recopilada, por él mismo y por otros, acerca de cómo se desarrollan las exhibiciones del Jugador. Esto le permite enumerar un total de diecisiete observaciones. Por ejemplo, que acompañantes de Kempelen o Maelzel, siempre presentes antes o después de las exhibiciones, nunca se encontraban entre el público durante las mismas, y que el programa de exhibiciones quedó suspendido, tanto en un caso como en el otro, cuando dichos acompañantes cayeron enfermos.
También tienen un especial interés, por el análisis subyacente de cómo responde la psicología individual y colectiva ante los autómatas extraordinarios, las observaciones de Poe sobre ciertas características del diseño externo del Jugador, sobre la elección deliberada de un “acabado” que explicita que el Jugador es una máquina. Esa elección contrasta con otros diseños del propio Maelzel, cuyo mérito es, precisamente, el de dar al autómata la apariencia más “orgánica” posible. Poe interpreta esta elección de diseño como consecuencia de una estrategia de puesta en escena: un Jugador de apariencia más “viva” incitaría más fácilmente al público a pensar que no se trata de un verdadero autómata. Al mismo tiempo, sin embargo, la elección de un acabado tan tosco juega en contra de la propia simulación: por ejemplo, el Jugador puede mover la cabeza o los ojos, como gestos propios de “personas abstraídas en la meditación”, pero en la práctica solo lo hace “cuando el movimiento es muy claro”, y nunca “en los momentos de complejidad”.
Vistas con casi dos siglos de distancia, las observaciones más incontestables de Poe son aquellas más coyunturales, y por tanto claramente inductivas. Con arreglo a ellas, solo se puede decir que el Jugador de Ajedrez, como objeto particular, no es un autómata. Sin embargo, en el argumento de Poe también se intuye un ejercicio deductivo que le lleva a sugerir la imposibilidad general, por razones computacionales, de diseñar un autómata que juegue al ajedrez.

Comparando, al inicio de su artículo, el Jugador de Ajedrez con la máquina calculadora de Babbage, Poe se preocupa de señalar la diferencia radical entre ellos. La máquina calculadora procede de forma necesaria, desde unos datos iniciales a un resultado final, a través de una serie finita de operaciones que lo determinan de forma necesaria. En el ajedrez, en cambio, “no hay una progresión determinada”, es decir, que “[n]inguna jugada en ajedrez es un resultado necesario de otra anterior”, porque “[d]e ninguna disposición particular de las fichas en un determinado momento podemos deducir la disposición en otro momento futuro”. En un cálculo algebraico, “[s]i el segundo paso ha sido una consecuencia de los datos, el tercero también es una consecuencia del segundo, el cuarto del tercero, y así hasta la solución, sin ninguna alteración posible”. En el ajedrez, en cambio, “[t]odo depende del juego variable de los jugadores”, es decir, “aun concediendo […] que los movimientos del jugador autómata de ajedrez están determinados en sí mismos, se verían necesariamente interrumpidos y cambiados por la voluntad indeterminada de su adversario”.
Esta comparación preliminar es el trasfondo de una de sus observaciones “empíricas”, que es, como ya se ha dicho, que el Jugador no gana siempre. A juicio de Poe, “[s]i la máquina fuera una pura máquina, tendría que ganar siempre. Descubierto el principio por el que una máquina puede jugar una partida de ajedrez, la extensión de tal principio tendría que conseguir que ganase; y una extensión mayor tendría que hacer que ganara todos los juegos; es decir, vencer a cualquier contrincante”. Por lo tanto, razona, es absurdo que quien inventa un autómata capaz de ganar al ajedrez no lo perfeccione hasta garantizar que gana siempre, sino que lo exhiba en un estado imperfecto, aun a riesgo de que esa imperfección genere dudas sobre si se trata realmente de un autómata.
En la próxima entrega veremos por qué Poe se equivocaba, y también en qué sentido se puede decir que Poe tenía razón.
Notas
[1] Edgar Allan Poe (1836). Maelzel’s Chess Player, Southern Literary Messenger, 2, pp. 318-326. Disponible en inglés en eapoe.org, <https://www.eapoe.org/works/essays/maelzel.htm> [Última consulta: 10/03/2023, 10:50]. Para los pasajes citados se utiliza como referencia la versión en castellano disponible en librodenotas.com, <https://librodenotas.com/files/maelzel_poe.pdf> [Última consulta: 10/03/2023, 10:50].
[2] Así lo describe Poe: “Una figura, con vestimenta de mago, aparece sentada junto a un muro, con una varita en una mano y un libro en la otra. Cierto número de preguntas, previamente preparadas, se hallan inscritas en unos medallones ovalados, y una vez que el espectador separa las elegidas para las que solicita una respuesta, después de haberlas guardado en un cajón destinado a este fin, se cierra el cajón mediante un resorte hasta que aparece la respuesta. El mago se levanta entonces de su asiento y hace una inclinación, con su varilla describe unos círculos, y consultando su libro como si estuviera preocupado por profundos pensamientos, levanta la varilla a la altura de su rostro. Fingiendo que reflexiona así sobre la pregunta propuesta, levanta la varilla y golpea con ella el muro sobre su cabeza; entonces se abren las dos hojas de una puerta y muestran una respuesta apropiada a la pregunta. La puerta se cierra de nuevo, el mago vuelve a su posición primera y el cajón se abre para devolver el medallón. Hay veinte medallones; todos contienen diferentes preguntas, a las que el mago da respuestas asombrosamente oportunas. Los medallones están hechos con placas de bronce de forma elíptica, y todos se parecen mucho. Algunos medallones llevan una pregunta inscrita en ambas caras y las respuestas que entonces da el mago son dos. Si el cajón se cierra sin contener ningún medallón, el mago se levanta, consulta su libro, menea la cabeza y se vuelve a sentar; la puerta permanece cerrada y el cajón aparece vacío. Si se colocan dos medallones juntos en el cajón, sólo hay una respuesta para el que está debajo. Cuando la máquina está preparada, el movimiento continúa durante una hora, más o menos, y el autómata puede responder a unas cincuenta personas. El inventor afirmaba que los medios por los que actuaban los diferentes medallones sobre la máquina para dar respuestas apropiadas a las preguntas eran muy sencillos”.
[3] “Su volumen era natural, e imitaba tan perfectamente a los animales vivos que los espectadores creían que lo estaba. Dice Brewster que ejecutaba todos los movimientos naturales y gestos; comía y bebía ávidamente, realizaba todos los movimientos de cabeza y garganta peculiares del pato, y, a semejanza de éste, enturbiaba el agua que bebía con el pico. Lanzaba también el graznido del animal con la misma naturalidad. En su estructura anatómica, el artista había realizado la más alta perfección. Cada hueso del pato real tenía su equivalente en el autómata, y hasta las alas eran anatómicamente exactas. Cada cavidad, apófisis y curvatura estaban imitadas, y cada hueso actuaba con movimientos propios. Cuando ponían trigo ante él, el animal alargaba el cuello para picotearlo, lo tragaba y lo digería”.
[4] “[U]n ingenio de madera y metal que, aparte de poder calcular las tablas astronómicas y de navegación, puede certificar la verdad matemática de sus operaciones y corregir sus posibles errores […] [. U]na máquina que no sólo puede realizar todo esto, sino que también imprime sus resultados, elaborados nada más que han sido obtenidos, y sin la menor intervención de la inteligencia de hombre”.