Benni y los Asteroideos Espaciales.

Retícula onírica de Asteroideos Espaciales Ajedrecistas.

En la primera bitácora de esta serie vimos cómo la pregunta por la mejor partida de ajedrez lleva necesariamente a la pregunta por las características de la mejor ajedrecista. La primera respuesta posible a esta pregunta es, obviamente, que la mejor ajedrecista solo puede ser una mente humana, y como valedor de esa postura elegimos a Edgar Allan Poe. La segunda respuesta posible fue que la mejor ajedrecista solo puede ser una Inteligencia Artificial, y para explorarla consideramos un artículo de Claude Shannon y nos referimos a célebres campeones autómatas, DeepBlue y AlphaGo. La tercera respuesta, que consideramos ahora, es el multiprocesador biológico.

Con la primera respuesta, nuestras manos revisaban las cartas de navegación que nos han traído hasta aquí. Con la segunda, maniobrábamos con el timón para sostener el rumbo de nuestra nave. Ahora, con la tercera, nuestras manos ficcionan la posibilidad de asir el horizonte. Para ello, recurrimos a un fragmento de la novela de ciencia-ficción ¡Tierra!, del italiano Stefano Benni [1].

En este fragmento se recoge la historia del marinero espacial De Leon, enrolado en la astronave del sanguinario pirata espacial García Meza, el tiburón. Cuando no asaltan y saquean astromercantes, sin dejar jamás supervivientes, García Meza y su tripulación se dedican a minar asteroides, en busca de uranio. El relato de De Leon comienza cuando García Meza ordena a su tripulación prospectar un asteroide cercano a Enceledus, un satélite de Saturno. En ese satélite, por pura casualidad, De Leon descubre una caverna, y en esa caverna un lago natural de aguas cristalinas, en cuyo fondo brillan al menos unas doscientas estrellas de mar fosforescentes, unas negras y otras blancas.

El iluso De Leon pensó que por una vez García Meza podía desempeñar una labor de provecho y reportar un hallazgo tan significativo como el de una forma de vida pluricelular y eucariota. El terrible capitán, sin embargo, no le dio mayor trascendencia que la gastronómica, y ordenó recogerlas todas para cocinarlas.

Horrorizado, y sintiéndose responsable por haber propiciado semejante atrocidad, De Leon escondió en un recipiente con agua unas treinta estrellas, que se libraron de ser devoradas. Sin embargo, días después en una inspección rutinaria García Meza encontró el recipiente que De Leon había escondido. Furioso, ordenó que el marinero fuera azotado en la cubierta.

Probablemente las estrellas de mar no eran un manjar tan delicioso como García Meza había proclamado unos días atrás, porque decidió no cocinarlas, sino rescatar de las profundidades de la bodega un tablero de ajedrez, hecho con huesos de oso, para construir un juego de apariencia tan bella como macabra, colocando sobre cada estrella, blanca o negra, una pieza del mismo color. Lo cierto es que García Meza era un excelente y apasionado jugador, que todos los días medía con éxito su pericia frente al ordenador de la astronave [2], y que no perdía ocasión de jugar una partida cuando se cruzaba su camino con el de alguien que pudiera dar suficientemente la talla.

De Leon comprobó en los días siguientes que, colocadas sobre el tablero y desprovistas de agua, el lustre de las estrellas palidecía, se ajaba su superficie, y su fosforescencia se apagaba. Era claro que, en esas condiciones, no tardarían en morir. Por eso, tomó la determinación de rescatarlas y, mientras todos dormían, entró a escondidas en el camarote del capitán, con la intención al menos de reanimarlas con un poco de agua, si no directamente de robarlas y esconderlas de nuevo. El plan fracasó estrepitosamente, ya que De Leon fue sorprendido in fraganti por García Meza, que lo mandó directo al calabozo, decidido a aplicarle la máxima pena, y lanzarlo por la borda para que muriera solo, asfixiado, helado, en mitad del espacio. En definitiva, una muerte exactamente igual de lenta, cruel e inexorable como la que estaban sufriendo las estrellas.

Suponemos, porque Benni no lo especifica, que el resto de la tripulación no alcanzaba a entender por qué motivo De Leon se había jugado en dos ocasiones el cuello por un puñado de estrellas. Imaginamos que atribuirían semejante temeridad a algún tipo de trastorno, producido por una infección provocada por alguna bacteria anaeróbica presente en Enceledus, o como consecuencia de un S.M.T.S. (Software Malicioso de Transmisión Sexual) no detectado. Fuera como fuere, pidieron clemencia al capitán, que, en respuesta, decidió divertirse el doble a costa de su subordinado.

Como si se tratase de una apuesta inocente, o de una ordalía bajo jurisdicción divina, García Meza impuso a De Leon un reto: jugarían una partida de ajedrez. Si De Leon perdía, se le aplicaría la pena ya prevista. Si ganaba, sería García Meza el que pondría su vida en manos del reo. García Meza era perfectamente consciente de que De Leon apenas conocía las reglas del juego y, por tanto, no tenía ninguna posibilidad de ganar, así que la partida era solo una forma de prolongar, con angustia y vergüenza, la agonía del marinero.

Ordenó traer el tablero a cubierta, y que toda la tripulación presenciara el juego. Pretendiendo ser magnánimo, dejó a De Leon jugar con blancas. De Leon, pálido, miraba el tablero sin decir nada, completamente bloqueado, incapaz de decidir qué peón mover. De repente, algo llamó su atención: la estrella que portaba el peón de reina empezó a moverse sola, lentamente. Por puro instinto de huida hacia adelante, De Leon acompañó el trayecto de la estrella con la mano. Esa cadena de acciones pasó desapercibida para el capitán y para las decenas de testigos presentes.

El capitán jugó con las negras. Y De Leon volvió a fijar su mirada en el tablero, tan perdido como en su primer turno. Otra estrella-peón avanzó ligeramente una de sus puntas, y De Leon, quizá más por superstición que por raciocinio, movió esa pieza. La operación se repitió en los turnos siguientes. Al cuarto movimiento, cuando por primera vez una estrella-caballo indicó a De Leon que debía moverla a la izquierda, no le quedó ninguna duda: las estrellas, expuestas a las partidas diarias entre el capitán y el ordenador, habían aprendido a jugar al ajedrez, y estaban dirigiendo explícitamente sus movimientos.

Conforme siguió avanzando la partida, el creciente nerviosismo de García Meza fue revelando a De Leon hasta qué punto las estrellas habían aprendido a dominar el juego. Cuando una estrella-alfil blanca guió la mano de De Leon hasta una posición de ataque a la reina negra, todos los allí presentes vieron por primera vez un destello de miedo en los ojos del capitán, que, unos pocos turnos después, palideció al perder un alfil y luego una torre.

Más que miedo a la muerte, el rostro de García Meza evidenciaba miedo a lo desconocido: ¿cómo estaba pudiendo ganarle la partida De Leon, que era a todos los efectos un principiante? El marinero dejó que la verdad se hiciese manifiesta en el momento decisivo: La estrella-reina movió una de sus puntas y comenzó su lento avance. De Leon no acompañó el movimiento con su mano, y la estrella se fue desplazando sola, poco a poco, dos casillas: jaque mate de reina, caballo y torre.

Ante la mirada atónita de los miembros de la tripulación, el capitán gritó aterrorizado y quiso apartar bruscamente su silla de la mesa, volcándola hacia atrás y cayendo de espaldas. Se giró sobre si mismo, en el suelo y huyó, primero a rastras y luego gateando, a su camarote, donde se suicidó de un disparo.

Benni concluye su relato en este punto y regala, a las lectoras que quieran hacerlas visibles, algunas incógnitas relativas a los fundamentos del proceso cognitivo del que las estrellas hacen gala. Aquí van nuestras hipótesis al respecto, en caso de que dentro de unos siglos puedan ser ensayadas y, en su caso, verificadas:

(i) La habilidad de jugar al ajedrez es una propiedad emergente. No es una capacidad que tenga adquirida cada estrella individualmente, sino una propiedad emergente de la colectividad de estrellas. Cada estrella solo conserva memoria sobre cómo se ha movido en el tablero, en qué tiempos, y cómo ha ido variando con cada movimiento su relación posicional y su interacción con las demás. El proceso por el que, a cada turno, se decide qué estrella blanca debe moverse depende del intercambio de señales bioquímicas.

(ii) Las estrellas asocian el jaque mate a una modificación positiva de las condiciones ambientales a las que están expuestas [3]. Probablemente aprenden que cuando acaba el juego dejan de estar desplegadas sobre el tablero, y vuelven a algún tipo de estuche en el que quizás se conserva mejor la humedad y por tanto se exponen menos a unas condiciones ambientales que causan un estrés negativo. Consiguientemente, solo saben que, cuanto antes se llega a una situación de jaque mate, antes se acaba la exposición a un ambiente especialmente agresivo.

(iii) El procesamiento de información que permite ganar a las blancas lo realizan todas las estrellas. Desde el punto de vista de los espectadores, De Leon, que juega con blancas, gana a García Meza, que juega con negras. El mecanismo real que subyace a la partida es que todas las piezas, blancas y negras, almacenan y procesan de forma distribuida la información sobre el estado de la partida y toman la decisión de qué movimiento deben hacer las blancas.

Esta estructura distribuida de procesamiento orgánico de información, que no atribuye a unidades funcionales distintas el procesamiento y memoria, y que no está condicionada por el balance inversamente proporcional (crítico in silico) entre variación exponencial del tiempo de proceso y variación exponencial del gasto de energía, es el fundamento material ubicuo de la cognición en cuanto fenómeno orgánico, de las colonias bacterianas a los circuitos neuronales pasando por las plantas. Es el fenómeno real del que emerge, evolutivamente, el ajedrez como artefacto lúdico y la inteligencia artificial basada en redes neuronales como órtesis cognitiva.

No cabe duda, por tanto, de que en algún lugar del universo, en algún momento, un multiprocesador orgánico jugará al ajedrez no solamente mejor que el humano escondido bajo El Turco de Kempelen y Maelzel sino también mejor que AlphaGo. En otras palabras, no cabe duda de que la mejor partida de ajedrez es la que imagina Stefano Benni en su novela.

Notas

[1] Irónicamente, por respeto a los derechos de autor, y para no alargar excesivamente la bitácora, nuestras manos deben sustituir a las de Benni y parafrasear su cuento. Quien quiera leer la fuente original, puede consultar: Stefano Benni, ¡Tierra!, Barcelona: Anagrama, 1986, pp. 84-87.

[2] Cabe razonar que, aun contando con neuroimplantes de última generación, el capitán podría como mucho jugar tan bien como el ordenador. En ausencia de restricciones, por tanto, la tendencia general de las partidas entre ambos sería a quedar en tablas. Pero cabe suponer que se aplican dos restricciones fundamentales. Por un lado, el ordenador de la astronave no puede dedicar toda su capacidad de cálculo a la partida, sino que la mayor parte de sus recursos computacionales tienen que estar destinados a otras funciones esenciales de navegación y control. Por otro, es razonable asumir que las partidas se juegan con tiempo acotado.

[3] Cabe alegar que las estrellas podrían haber aprendido a llegar a tablas por reiteración de movimientos, siendo esa una forma mucho más rápida de terminar la partida que el jaque mate. La respuesta a esta objeción es que, obviamente, el capitán consideraría insulsa una partida así, y querría comenzar otra inmediatamente, con lo cual ese resultado de tablas no quedaría ligado al retorno de las estrellas a su estuche.