
Hay cuestiones de gran incertidumbre que mueven a ciertas personas a la reflexión, aunque los resultados de esa racionalidad terminen formando parte de un campo al que no se le puede asignar un conjunto mensurable de atributos como para que resulte ser una salida cognoscible. La mayor parte de estos abismos intelectuales, con clara posibilidad de ahogo y/o aislamiento patológico, suelen pertenecer al campo de la fenomenología, y son especialmente profundos cuando tratamos de construir un conjunto de representaciones de aquellos fenómenos que no pueden ser sentidos mediante el sencillo mecanismo experiencial. Pero el papel de la metafísica, en el estudio de los fenómenos físico-naturales, lo dejaremos para otro día.
¿Qué puede escapar a la velocidad límite del universo que la física nos impone? Parece que la razón puede ser una buena alternativa, quizás la única, o antes que ninguna o como consecuencia de la realidad, para hacerlo. Y esta relación nos permite enfrentarnos a una situación que nos obliga a diferenciar el problema heurístico de la solución real, y determinar qué relación existe entre la condición real y las estructuras lógicas que elaboramos mediante el uso de la abstracción, en busca de un suceso inevitable, como el conjunto de acciones mínimas adscritas a la naturaleza, tratando de hallar la coherencia entre los distintos géneros de materialidad [idea, sustancia]. De cómo el discurrir teórico alcanza el suceder de lo observado de forma inevitable, sin otra alternativa adscrita a otra identidad distinta a la materia.
Como podremos imaginar, no somos los primeros en aventurarnos en esto. Como se señala en la tradición materialistas, un pensamiento solo puede ser cierto cuando ha discurrido en otros. Por quedarnos en la edad contemporánea y no retraernos a la edad antigua ni a la moderna, señalaremos, por el caso que nos ocupa, al físico Steve Weinberg.
Weinberg nos viene a decir que un síntoma inequívoco del carácter fundamental de una teoría científica es su rigidez. Es decir, la rigidez es un parámetro que se puede medir como consistencia lógica de la estructura abstracta que empleamos. El giro singular viene cuando este autor determina que esta rigidez es un fenómeno perceptivo, y el parámetro que lo refleja es la belleza. Viene a decir que la rigidez es un argumento estético que deriva en un criterio más allá de la simplicidad o la elegancia. Es como percibimos el valor cognitivo y no exclusivamente práctico de una teoría científica. La inevitabilidad de una teoría es donde reside la belleza.
La velocidad de la luz es considerada la velocidad límite del universo, y ninguna partícula o información puede viajar a una velocidad mayor que la velocidad de la luz. La teoría de la relatividad [Einstein] sugiere que la velocidad de la luz es una propiedad intrínseca del espacio-tiempo y que nada puede moverse a una velocidad mayor que esta. El sistema de Einstein es mucho más rígido que el de Newton y conduce a conocimientos de forma inevitable, y como consecuencia, a más conocimientos. Y esta deriva es la clave. Podríamos haber formulado una construcción que dijera: El sistema de Einstein nos conduce de forma inevitable a más conocimientos. Es una condición simétrica a la anterior. Pero que lo inevitable sea condición de un sistema rígido, no tiene porque determinar que un sistema rígido sea inevitable. A no ser que este derive en más conocimiento. El límite de la reducción. Una especie de límite de compresión [de comprimir] ontológica. ¿Qué conocimientos? ¿Cuántos conocimientos determinan la belleza perceptiva si de mensurar se trata?
Preguntarnos sobre la inevitabiliadad nos conduce a relacionar la capacidad de abstracción y el límite de nuestro marco lógico frente al resultado real que obtenemos a través de un proceso de adquisición de conocimiento. Es el límite de una teoría para conocer más, y más en este sentido es: fuera del límite del universal establecido. Pero, ¿más es todo?
La literatura, por medio del lenguaje, la abstracción, desempeña funciones que logran describir acciones, actos, con capacidad de crear formas quiméricas dotadas de sentido. Las cantidades y distribuciones de realidad y/o componente mágico que hay en este compendio de objetos definidos de novo bajo esta racionalidad nos interpela directamente para completar, bajo nuestro cosmos categórico de funciones, una u otra parte de cada módulo [real/mágico]. Normalmente, esta construcción de modelos, queda reservada para actividades editoriales diversas; pero donde parece que ha encontrado el mejor abrigo categorial o resguardado clasificativo es bajo el paraguas de la ficción.
¿Cuántas funciones completamos como componentes reales, y cuántas como componentes mágicos, cuando nos relacionamos con estos utillajes de la razón? ¿Qué sucede cuando los nuevos objetos emergentes de la razón se pueden deducir por medio de las leyes de la física, cuando la construcción de nuestra hipótesis se encorseta a las leyes que describen los fenómenos de la naturaleza? Aplaudimos a las mentes más audaces que rápidamente han pensado en la intersección entre la ciencia y la ficción, y en todo el conjunto de objetos editoriales variados que se derivan de este género bajo unas condiciones de juicio que se disipan hacia los distintos regímenes político culturales, para discurrir entre lo pusilánime y lo extraordinario de forma inevitable. Situaremos dos contextos argumentales para intentar orientar la exposición.
Imaginemos que queremos dar una patada a una pelota que se sitúa a veinticinco metros de nuestra posición. La pelota esta en reposo y el suelo no presenta pendiente entre nuestra posición y la posición de la pelota. Para ejecutar la acción o empuje debemos movernos hasta la posición de la pelota. Este detalle que en principio podría ser una cuestión menor, va a señalar una estructura condicional o conmutativa para estudiar el alcance de una acción: a. sobre el momento y b. sobre la energía. Para realizar el empuje todo el movimiento que hemos acumulado antes de realizar el empuje sobre la pelota podríamos clasificarlo como un acto de reposición, movimiento realizado para acumular una energía potencial antes del empuje o/y como un gasto que debemos realizar para llegar hasta la pelota y ejecutar la acción. Recordemos que el ejercicio esta dentro de los márgenes literarios. ¿Y si la distancia entre el objeto, pelota, y nosotros fuera de cien metros o de mil? Nos podría dar por pensar en la acumulación de mil metros de cantidad de movimiento antes de golpear la pelota, que parece lo mismo que pensar en el gasto que nos supone andar mil metros antes del golpeo. Visto así, trabajar supondría aumentar la energía de un sistema, dotándolo de más capacidad de deformación [potencial restaurador] frente al objeto destinado a la acción, la pelota, al tiempo que el trayecto supone un gasto energético, dado que nos ha costado una cantidad de movimiento llegar hasta la pelota, y que se lo debemos al suplemento alimenticio. ¿La alimentación precede al movimiento?
Imaginemos que nos diera por correr para llegar antes al golpeo; o podemos imaginar también que nos trasladamos en un ciclo o en unos patines. O qué pasaría si el objeto lo tuviéramos que transportar nosotros antes de golpearlo, después de haber recorrido veinticinco metros; o, de forma similar, qué ocurriría si tuviéramos que subir el objeto por un plano inclinado, durante los mismos veinticinco metros, antes de dejarlo caer o rodar por el otro lado. ¿Y si aumentamos la masa que debemos transportar?
Bajo estos simples supuestos podemos agrupar el conjunto de correlaciones emergentes; como puede ser el par Masa-Distancia o el mismísimo Espacio-Tiempo – que no es muy distinto del primero. Pero el atributo que realmente produce cierta extrañeza para la construcción argumental es el trabajo con el objeto o el trabajo sin el objeto. Trabajar para llegar como una cantidad de movimiento que se acumula para poder realizar la acción de golpear, a diferencia de cargar con el objeto hasta golpearlo. ¿Qué significa portar el objeto o no portar el objeto para el resultado de la acción?

Acostumbramos a definir el trabajo como un gasto energético; no tenemos presente que moviéndonos acumulamos un potencial de trabajo. Tanto en el supuesto de que nos desplacemos sin la pelota hasta llegar a golpearla, como en el supuesto de que portemos la pelota, hasta llegar al punto de golpeo, el problema sustantivo es medir el saldo energético potencial que se puede haber acumulado en el movimiento. Ahora bien, en el supuesto de que nos desplacemos con la pelota esta, en cuanto objeto, sirve para reducir la medida de esa acumulación al trabajo de porteo y sus parámetros definitorios (Tiempo, Peso, Cantidad de movimiento, etc… ). La pregunta es si existe algún objeto, método, procedimiento… que permita medir el saldo energético potencial acumulado de manera que sea abarcable la complejidad del fenómeno real. ¿Existe una síntesis en el organismo del mismo nivel que la que proporciona el objeto sobre el cuerpo cuando lo porta hasta el destino? El principio de acción, distingue entre lo que vamos a hacer por elección de lo que nos encontramos en el espacio de probabilidad, aunque ambas acciones [sin carga azarosa o no azarosa, de cara al momento del golpeo] formen parte de la misma distribución de probabilidad. ¿La razón qué aporta?
Si nuestra propuesta categórica clasificara el acto [golpeo en el punto marcado, vaya o no con el objeto hasta su consumación] como dos sucesos distintos, debería encontrar cantidades distintas en su descomposición, con independencia del resultado, que es lo mismo que conservarlo, o, por el contrario, encontrar las mismas cantidades. Parece claro que para una composición literaria no es lo mismo desplazarnos con o sin objetos antes de golpearlos, casi en los mismos términos que supone para el tiempo o la energía desplazarse en un vehículo autopropulsado provisto de ruedas de treinta centímetros de radio, frente a ir caminando o corriendo durante cien o mil metros. Es fácil darse cuenta de dónde esta el punto crítico de esta composición. Si repetimos nuestro ensayo bajo una batería variable de condiciones podemos averiguar la distorsión argumental que sucede en el mismo término que ocurre con el cálculo. Es decir, el cálculo debe estar en equilibrio con la abstracción, es decir, con el lenguaje en el desenlace cognoscitivo. Veamos algunas condiciones sobre las que parametrizar, a modo de apunte:
a. Distancia en metros, Pelota en gramos. No cargar con pelota. Sin pendiente.
b. Distancia en metros, Pelota en gramos. Sí cargar con la pelota. Sin pendiente.
c. Distancia en metros. Pelota en gramos. No cargar con pelota. Plano inclinado.
d. Distancia en metros. Pelota en gramos. Sí cargar con pelota. Plano inclinado.
Metros, Gramos e Inclinación sobre dos condiciones de distribución entre el sujeto y el objeto: Carga o no carga hasta la acción.
Si aumentamos los gramos de la pelota hasta el limite de no poder golpearla, cuando lleguemos, para el sujeto en [opción a], no supone nada, y como consecuencia no supone nada para la acción. Que no suponga nada para el sujeto en la [opción a], no supone nada para la acción y, subsecuentemente, nada para el objeto. El sujeto anda antes de completar la acción. Veamos si pasa lo mismo para el sujeto de la [opción b], que no sabríamos si podría trasladarse con el objeto hasta completar la acción de golpeo. Como sabemos que bajo las mismas condiciones anteriores no podría desplazarlo por golpeo, asumiremos, como condición, que tampoco podría trasladarlo hasta completar la acción. Para el sujeto de la [opción b], tampoco supone nada; como consecuencia, no se completa la acción y quedaría realizar el camino hasta el punto de golpeo por aquello de normalizar todos los ciclos en todos los ensayos. El sujeto anda después de no completar la acción. Ahora pensemos en los sujetos de la [opción c] y la [opción d]. Para el primero, no cargar con el objeto, llegar y empujar en las condiciones extremas para la inacción que hemos puesto para los dos casos sin plano inclinado, supone lo mismo que para las opciones a y b. El segundo, en cambio, es el único que sí se ve afectado en grado porque tiene que hacer el esfuerzo adicional de desplazarse por un plano inclinado, aunque no pueda portar la pelota.
Las condiciones que hemos fijado solo sirven para evaluar un marco lógico sobre el conjunto de operaciones con la única finalidad de determinar las diferencias objetuales que se manifiestan cuando se anula la acción, cuando hacemos que los elementos no puedan completar el acto dado el sobrepeso del objeto, como ha sido el caso. Si descomponemos todo el potencial de cálculo para encontrar la mensura diferencial en cada tramo o fase experimental podremos obtener los resultados y todo el conjunto de correlaciones entre las distintas unidades de medida, y estudiar las simetrías bajo el sistema físico representado. Prueben a especular sobre los distintos valores. Lo que no podremos encontrar en los cálculos es la condición de ir o no ir antes o después de completar la acción para fijar la ley de conservación. Pero lo increíble es que la ley de conservación se cumple, vayamos o no vayamos antes o después de la acción. Desde la abstracción parece que hayamos encontrado una asimetría entre la cantidad y el cálculo de la cantidad. Algo real, sin duda, con un componente mágico como requisito para la razón.

Para hacer definitivamente explícita esa asimetría, situemos el supuesto extremo que acabamos de analizar en el marco de nuestra reflexión previa sobre la capacidad para medir la energía potencial acumulada en el trayecto previo al golpeo, y la diferencia que introduce el hecho de portar o no portar la pelota. Decíamos que portar la pelota reduce el factor dimensional de la mensura. La pelota, como objeto, determina la dimensión del sistema que queremos medir. Pero esto no depende de la complejidad o simplicidad inherente a la pelota: si, en vez de esta, el objeto portado y golpeado fuera otro ser humano, un animal, o un planta, su mayor complejidad no tiene repercusión sobre la dimensión del sistema estudiado. Frente a la acción de portar y golpear, cualquier objeto es igual de simple, reduce la dimensión del problema de la misma manera. En cambio, al no portar la pelota, se carece de utillajes para medir lo que ocurre. Esta carencia nos conduce al estudio de la dimensionalidad de los cuerpos biogénicos como efecto de la relación entre cada órgano (finito) y la dispersión de información sobre las diferentes funciones y tejidos; parece emerger en este caso una dimensionalidad fractal, es decir, un clasificador dimensional infinito en la relación establecida sobre dos cuerpos finitos. Por último, el supuesto extremo de una pelota tan pesada que no pueda ser llevada ni golpeada trastoca ese análisis, pues desaparece la posibilidad de medir en el porteo la energía potencial acumulada, y en el golpeo la energía cinética disipada. El supuesto extremo, por tanto, reduce todos los escenarios paramétricos posibles a la condición de incognoscibles, borrando la diferencia específica que hace destacable el problema de cómo calcular la acumulación de energía potencial antes del golpeo si no se porta la pelota frente a la solución reductora que identifica la energía potencial acumulable en el desplazamiento con el el gasto de energía que se produce durante el porteo si llevamos la pelota con nosotros antes de golpearla. ¿Cómo podemos relacionar toda la actividad que no tiene como objetivo el acto que vamos a medir en intensidad con el acto mismo, si este último no ocurre finalmente? Pareciera que la capacidad de conocer el comportamiento del sistema depende entonces del objeto de la acción y no del sujeto que actúa; como si la intención o capacidad de conocer estuviera, para este sistema supuesto, en el balón y no en quien lo golpea.
Fijada la relación entre elementos, tanto entre objeto sujeto (pelota y humano que porta y golpea) como entre objeto y objeto (entre la pelota y cualquier otro objeto portable), es la relación misma la que condiciona la dimensión, pero no en todas sus posibles transformaciones. La pelota (objeto portado) puede ser planta, animal o humano, pero el humano (sujeto que porta y golpea) no puede ser animal, planta o pelota. En el supuesto extremo, como la acción no puede ser consumada por las propiedades de masa del objeto, el proceso se reduce al conocimiento que tenemos sobre el principio de actividad. La acción se reduce a nosotros, a nuestro sistema metabólico: vamos antes de golpear, o caminamos a destino sabiendo que no vamos a golpear. En este caso, por tanto, es como si la pelota estuviera en nosotros, distribuida entre una multitud de funciones en nuestro sistema orgánico.
La teoría de la información cuenta con que el cuerpo no se puede comprimir en la pelota y reduce la acción a una cantidad mensurada haciendo uso de ella, pero la pelota en el cuerpo sí se puede comprimir, pero esto último es un suceso que no parece mensurable. Es decir, lo normal cuando observamos un fenómeno, es que se disipe en el tiempo, desaparezca a favor de un aumento de entropía. Esto se aplica por ejemplo una onda, un sonido, la voz, como a cualquier sustancia, a cualquier fenómeno adscrito a la materia. Pero no a la información, dado que esta solo aumenta. El objeto esta dentro del cuerpo, pero se hace inmensurable distribuido entre las funciones vitales. La idea es la que prevalece como materia en base a una abstracción, que no deja de ser otra cosa que la pelota misma, objetualmente reducida a su condición de masa.
Pasemos ahora al siguiente supuesto, dentro de los dos anunciados más arriba. Nos gusta recordar un pasaje, ocurrido en la extinta URSS, relativo a un experimento realizado por una comunidad de investigadores, que consistió en educar a niños y niñas sordo-ciegos, por medio de lo que se podría denominar “la reorganización social de las funciones cognitivas”. Tras un mecanismo de aprendizaje colectivizado del proceso lingüístico mediante el uso del tacto, donde se adquirían todos los sentidos de un otro, tocando cuerdas ajenas, vocales, labios, identificando ritmos, cadencias en la respiración, todo el cúmulo de movimientos y acciones que se desprenden del conjunto de procesos vitales, las niñas fueron capaces de hablar y entender el idioma ruso a través de un vehículo signado. Todavía hay gente intentando distinguir en primera instancia, y digerir en procesos ulteriores, la parte real de la parte mágica de este acontecimiento.
Durante una entrevista en un pabellón universitario, donde se presentaba el alcance de esta hazaña ante un público general, al ver que las niñas ni veían ni escuchaban nada, pero se comunicaban bajo el mismo marco inteligible que el resto de asistentes que conservaban la capacidad receptora de sus sentidos, alguien preguntó si el experimento mostrado no refutaba la vieja tesis materialista que sostenía la imposibilidad de que hubiera algo en la mente que no hubiera sido recogido como una sensación previa… Tras traducirle la pregunta a una de las niñas presentes, Ilienkov, Evald, el investigador principal responsable de la sesión, la dejó responder: “¿Quién ha dicho que no vemos ni escuchamos nada? Vemos y escuchamos con los ojos y los oídos de nuestras camaradas, de nuestras hermanas…“.
No nos cabe duda de vuestra valentía para hacer frente a esta relación entre el momento y la reorganización social de las funciones productivas. Os animamos a discutir la correlación entre ambos sucesos como algo inevitable.
El objetivo de esta escritura es intentar definir un nuevo género editorial con todos los ingredientes necesarios para evolucionar en el tiempo. Queremos comprobar, bajo un procedimiento de abstracción formal, si seremos capaces de viajar fuera de los límites de una constante universal, la luz. ¿Donde estará la parte real de este viaje? ¿Y la parte mágica?
¿Qué puede escapar a la velocidad límite del universo que la física nos impone inevitablemente? ¿Solo la razón?