Darwin ha despertado el interés por la historia de la tecnología natural, esto es, por la formación de los órganos vegetales y animales como instrumentos de producción para la vida de plantas y animales. ¿No merece la misma atención la historia concerniente a la formación de los órganos productivos del hombre en la sociedad, a la base material de toda organización particular de la sociedad? ¿Y esa historia no sería mucho más fácil de exponer, ya que, como dice Vico, la historia de la humanidad se diferencia de la historia natural en que la primera la hemos hecho nosotros y la otra no?
Karl Marx, El Capital, Libro Primero, Capítulo XIII.
Cuando nació le pusieron nombre de mes. Octubre. Las verdaderas razones del nombre son, quizá, demasiado conmovedoras para oídos extraños, así que en los parques los adultos de Octubre pasan por ser gente que se sitúa en esa fina línea entre el exceso de guasa y el desequilibrio psíquico.
De vez en cuando, algún adulto desprevenido se atreve a preguntar por la elección del nombre. En los primeros meses de Octubre, y nótese que a sus adultos les divierte que el nombre dé pie a sintagmas como este, aparentemente absurdos, el impulso instintivo fue responder devolviendo la pregunta. Cuestionar la perenne horterada de los Kevin, la descomunal pijería de los Pelayo, el sorprendente resurgir de los Bruno o la insistente moda de los Mateo. Pero pronto se dieron cuenta de que, a largo plazo, la mosca vive más tranquila que la avispa, y se lo pasa mejor.
“Abril, por ejemplo, ya estaba cogido”, comienza ahora su explicación, para inducir desconcierto. “Avril Lavigne, la cantante. April, la reportera amiga de las Tortugas Ninja. Y hasta Abril Victoria, la actriz. ¿O esa era al revés?”. En este punto la interlocutora ya necesita concentrarse para disimular su estupor. Y el argumento poco a poco se enreda, hasta el agotamiento, confundiendo por el camino el correcto orden de las derivaciones etimológicas: “¿Enero? Jano y Jana. ¿Marzo? Marcial y Marcela. ¿Mayo? Maya. ¿Junio? Juno”. En este punto, lo normal es que la interlocutora se anticipe, confiando en que la interrupción propicie el cambio de tema: “Y Julio y Julia, claro”. Pero los adultos de Octubre son inclementes: “Y Augusto y Augusta. Como ves, los nombres de meses son propios de grandes personalidades, como los emperadores de Roma”, paran un instante y prosiguen, pensativos: “Aunque, claro, los hispanos fueron Trajano, Adriano y Teodosio…”. Y ya culminan: “Así que tocaba Octubre”. La interlocutora, exhausta, no vuelve a preguntar.
En este tiempo la estrategia les ha fallado solamente una vez. Octubre tenía algo más dos años y estaban recién embarcados en un avión. Con inquietud, se revolvía, trataba de zafarse del cinturón de seguridad, y ponerse de pie para asomarse sobre su respaldo y lanzar una mirada curiosa a las filas de atrás. Sus adultos se esforzaban pacientemente para hacerle asumir la disciplina del despegue: “Octubre, cariño, siéntate bien. Octubre, cariño, déjate el cinturón puesto”. En su misma fila, al otro lado del pasillo, un adulto joven, de expresión inmutable y mirada fija, ligeramente estrábica, les observaba curioso. Rompió su silencio para preguntar por el nombre. Escuchó la respuesta impasible, evitando incluso cualquier expresión fática, así que la explicación fluyó del tirón hasta su culmen. “¿Y por qué no Febrero?”, inquirió tras un breve silencio. Afortunadamente, habían previsto que esto pudiera pasar: “Nadie llamaría Febrero a una persona. Febrero es al calendario gregoriano lo que el remate chapucero a una reforma integral”. “¿Y Septiembre?”, insistió el pasajero. Los adultos de Octubre se enfrentaban a la posibilidad de que la conversación se zambullera en un abismo interminable. La respuesta fue seca y la mirada fulminante: “Septiembre es muy largo”.

“¿Quéseso?”, preguntó oportunamente Octubre, asomándose por la ventana del avión. En la pista, se veía un vehículo de forma claramente singular. De altura similar a la de un coche (o eso parecía desde el interior del avión), sostenido por cuatro grandes ruedas, tenía una cabina parecida a la de un camión o un tractor, y un cuerpo alargado más bien plano, robusto, acabado en forma de U. Era lo que técnicamente se llama, al parecer, un pushback. “¿Cómo, cariño?”, preguntaron para ganar tiempo e improvisar la respuesta. “¿Quéseso?”, repitió, señalando a aquella incógnita rodante.
Octubre, a su edad, expresaba fascinación por los medios de transporte en general y los coches en particular. Sus adultos aprovechaban el interés para estimular su adquisición de vocabulario, y por tanto se preocupaban del rigor taxonómico. Para Octubre, cualquier vehículo pequeño con más de dos ruedas era un coche. Con dos ruedas, una moto. Y un vehículo grande un camión, salvo si por sus colores y ventanales podía distinguirlo claramente como un autobús. Las furgonetas, los furgones, los monovolúmenes de tamaño generoso, ciertos SUV, las autocaravanas… constituían un conjunto heterogéneo de inclasificables que generalmente caían en el cajón de los camiones, con excepciones claramente ambiguas como las famosas furgonetas de los hippies, que a sus ojos eran un modelo de autobús. En todo caso, la morfología de los vehículos que Octubre acostumbraba a reconocer en su día a día guardaba cierta homogeneidad básica. Más allá del manifiesto entusiasmo que le suscitaban los vehículos de mayor tamaño, solo los camiones de basura, con sus armazones móviles, parecían atraerle por su singularidad.
Asomados con Octubre al ventanuco del avión, sus adultos redescubrían la pista con una mirada rejuvenecida hasta casi perder el lenguaje, y veían pintarse en ella un paisaje plagado de quimeras, que bien podría haber correspondido a un lienzo de El Bosco, o a un muestrario de alebrijes.
La pista del aeropuerto, con sus pushbacks, sus fingers, sus vehículos de carga, sus camiones de repostaje… es como una charca en torno a la cual el bullicio funcional de la naturaleza se ha desatado generando formas difícilmente predecibles. Lugar de paso y descanso de aves migratorias, en la charca coinciden e interactúan comunidades microbianas de cuatro continentes. En torno a ella desfilan, con dudosa discreción, hormigas irisadas como escarabajos. Se posan fugazmente sobre las piedras, para tomar el sol, lagartijas aladas que de lejos parecen libélulas pardas. Y en las ramas de los matorrales se puede apreciar una variedad de liquen de forma similar al romanesco y que tiene el color de la lavanda. En la superficie de la charca patinan zancudos cuyo abdomen recuerda al de las avispas y que cantan como grillos al ponerse el sol con un timbre que evoca el crujir de las hojas secas. Durante el día, en cambio, abejorros con concha revolotean a menos de un metro del suelo y hurgan en las flores con un atronador zumbido. Hierática y voraz, una rana verde lima observa la escena; su croar se confunde con el canto de los estorninos y luce, sobre la cabeza y a lo largo de su tronco, una cresta de pequeñas plumas amarillas y moradas.

Enmudecidos por su propia falta de vocabulario, por unos minutos compartieron con Octubre la sensación de descubrir lo alucinantes que pueden ser los mundos que habitamos, con su dialéctica entre naturaleza y artificio. Puntualmente parecían volver a tomar tierra, y se preguntaban si funcionan realmente así los ecosistemas: ¿Son aquellos más abiertos, más permeables, los que favorecen una mayor hibridación, y por tanto mayor diversidad de formas? ¿O acaso el contacto y la mezcla permanente aceleran la fijación y generalización de un punto medio en el que todo lo singular se disuelve bajo la normalidad estadística? ¿Son entonces los nichos cerrados, aislados, guarecidos tras inexpugnables fronteras naturales, aquellos en los que el proceso evolutivo luce mayor creatividad? Es más, ¿cuál de estas dos opciones constituye una descripción más adecuada de lo que es un aeropuerto?
“¿Quéseso?”, insistía Octubre sin obtener respuesta. “Pregúntale al señor”, respondieron, señalando al pasajero del otro lado del pasillo. Y se dejaron mecer un poco más por el vuelo de la imaginación en aquellos minutos previos al despegue.