Al final de la carretera había una antigua granja, con flora de todo tipo, desde helechos a abedules. A Nami siempre le llamó la atención aquel lugar, pero nunca se había atrevido a acercarse siquiera. En las noches, la pequeña observaba ensimismada cómo se iluminaba con un sendero de LEDs titilantes que enmarcaban la fachada frontal bajo el tejado. Un adorno que confería calidez hasta a las noches más frías.
Una mañana de verano, mientras paseaba con su bici como de costumbre, vio cómo la puerta de la entrada se abría y una anciana salía de la finca. La mujer llamó a Nami por su nombre y la pequeña se preguntó por qué aquella señora sabía su nombre y, aunque aterrada, se acercó con su bici en busca de la anciana. Una vez estuvieron cerca, Nami se tranquilizó, la anciana tenía un rostro afable y apaciguador, además se parecía sutilmente a ella. La anciana invitó a Nami a entrar en su casa y así Nami pudo ver todo lo que se escondía tras las rejas de la finca.

En el lateral derecho había una pared rocosa, de la cual brotaba un manantial con dos hilos de agua que caían a un estanque. De este partía un sistema de canalizaciones que irrigaba un pequeño huerto. Lo que más sorprendió a Nami es que bajo cada hilo de agua había un aro metálico. El agua, a su paso por los aros, se volvía hacia arriba, simulando una fuente de pequeñas gotitas. Algunas de ellas se quedaban pegadas en la piedra colindante, otras terminaban su recorrido en el estanque y otras muchas viajaban más lejos, dejando un rocío sobre las hojas. Siguieron su recorrido por la finca y la granja, viendo la cantidad de animales y artilugios curiosos que tenía la anciana repartidos por toda ella. Además, las paredes de las habitaciones estaban repletas de cuadros, algunos sobre naturaleza y animales, otros más abstractos.
Nami le preguntó a la anciana sobre el dispositivo que había visto en el manantial y ella le explicó que se trataba de un invento muy antiguo, cargado de misterios por resolver. Era capaz de nutrir todas sus plantas con el agua que manaba, y se podía beber del agua del estanque incluso en los días más calurosos, porque estaba mucho más fría que al salir de la roca. Además, este invento generaba energía suficiente para encender sus luces durante toda la noche, fijas o al ritmo de parpadeo que quisiera variando la posición de los aros. Una tercera peculiaridad era que, en épocas de sequía, cuando el agua dejaba de brotar, el depósito del estanque producía un compuesto oleoso, a partir del cual la anciana fabricaba las pinturas para sus cuadros.
Nami preguntó por cómo había llegado el invento a la casa. La anciana, visiblemente emocionada, le explicó que recordaba cómo su padre lo había instalado a partir de unas anotaciones que tenía en un cuaderno, aunque confesó desconocer el paradero de este. Así que, salvo pequeñas modificaciones, no había cambiado nada de lo que su padre dejó hecho cuando ella era pequeña. Entonces, Nami le preguntó la anciana si no había intentado nunca aclarar los misterios de su manantial, a lo que esta respondió que durante un tiempo lo intentó, cuando era más joven, pero que ahora le costaba más trabajo plantear nuevas hipótesis con las que trabajar. Así que Nami convenció a la anciana para reanudar juntas la investigación, y decidieron verse de nuevo la semana siguiente.