Escultura “Gran Profeta”, de Pablo Gargallo (1933). Fuente: bilbaomuseoa.eus

La colección de ensayos del escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke Profiles of the future, editada por primera vez en 1962 y revisada en 1973, se abre con un texto, “Hazards of prophecy” (“Los riesgos de la profecía”), compuesto de dos partes o capítulos. En él, Clarke trata de explicar por qué “[c]on regularidad monótona, hombres aparentemente competentes han establecido la ley sobre lo que es técnicamente posible o imposible – demostrándose que estaban absolutamente equivocados”. La respuesta de Clarke a esta pregunta parte de clasificar tales fracasos bajo dos categorías: los debidos a una falla de nervio (failure of nerve) y los debidos a una falla de imaginación (failure of imagination). Cada una de las partes de este doble ensayo atiende, respectivamente, a cada una de estas categorías.

La primera se refiere al caso en el que, “incluso dados todos los hechos relevantes”, somos “incapaces de ver que estos señalan a una conclusión ineludible” y nos empeñamos en negar con vehemencia que tal o cual cosa sea posible. Clarke señala que el ejemplo más célebre de este tipo de falla, que es por otra parte la más frecuente, corresponde a la aeronáutica y la astronáutica, pues “[a] principios del siglo veinte los científicos declaraban de forma casi unánime que era imposible el vuelo de algo más pesado que el aire”. Clarke recoge con cierto detalle los argumentos, razonamientos, cálculos… que avalaban esa posición colectiva, y extrae la lección de que “[n]inguna ecuación, por impresionante y compleja que sea, puede llegar a la verdad si las asunciones iniciales son incorrectas”. Esto, dicho sea de paso, le permite a Clarke observar que, “[f]rente a los mismos hechos y cálculos, los estadounidenses y los rusos tomaron dos caminos separados”, y los segundos, que no se vieron afectados por la falla de nervio, de hecho ganaron la carrera espacial. La lección que extrae de todo esto es que “[c]ualquier cosa que es teóricamente posible será alcanzada en la práctica, sin importar las dificultades técnicas, si es deseada con suficiente empeño. […] La mayor parte de las cosas que han ocurrido en los últimos cincuenta años han sido fantasiosas [fantastic], y solo asumiendo que van a seguir siéndolo podemos tener alguna esperanza de anticipar el futuro”. Esto significa “tener el valor de seguir todas las extrapolaciones tecnológicas hasta su conclusión lógica”, pero también implica “fe e imaginación, que a veces pueden desafiar a la propia lógica”.

La segunda clase de falla, que “es menos reprochable y más interesante”, “surge cuando todos los hechos disponibles son apreciados y ordenados de forma correcta – pero cuando los hechos realmente vitales todavía no han sido descubiertos, y la posibilidad de su existencia no está admitida”. Un ejemplo célebre de falla de imaginación lo encuentra Clarke en el caso de Lord Rutherford (1871-1937), que se burlaba abiertamente de aquellos que pretendían poder aprovechar algún día la energía atómica. Y, por otro lado, “[u]n ejemplo espléndido de un hombre cuya imaginación discurría por delante de su época” es Charles Babbage (1791-1871), que sentó los principios de funcionamiento de las máquinas de cálculo automáticas. Al hilo de estos ejemplos, Clarke advierte con fina ironía que el exceso de imaginación es mucho menos frecuente que su falta, y que quien lo posee habitualmente se ve envuelto por la frustración y el fracaso, “salvo que sea suficientemente sensato como para solamente escribir acerca de sus ideas, y no intentar hacerlas realidad”. En un tono más serio, por otra parte, Clarke observa que buena parte de la tecnología “actual” (es decir, de la segunda mitad del siglo pasado) sería “no solamente increíble sino incomprensible a para las mentes científicas más afiladas” de en torno a 1900 [1].

La posición de Clarke en esta segunda parte de su ensayo queda sintetizada en las conocidas como “tres leyes de Clarke”:
(i) Cuando un científico distinguido pero de edad avanzada [2] afirma que algo es posible, casi seguro que está en lo cierto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente está equivocado.
(ii) La única forma de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos hacia lo imposible [3].
(iii) Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia [4].

Traemos a colación este texto de Clarke porque a finales de este verano se ha producido, en el ámbito de la neurociencia cognitiva, una fuerte polémica al hilo de la difusión de una carta abierta, firmada por un gran número de célebres figuras académicas, que califica a la Teoría Integrada de la Información (IIT, por sus siglas en inglés) como una “pseudociencia”.

La IIT es una teoría que busca dar una solución al “problema difícil de la consciencia” (hard problem of consciousness), es decir, al problema de cuál es el fundamento material de la experiencia subjetiva de los procesos mentales. La peculiaridad de la IIT es que no parte del estudio fisiológico del cerebro para tratar de explicar cómo su estructura da pie a la emergencia de la consciencia, sino que plantea una serie de axiomas sobre la consciencia e infiere postulados sobre las características que debe tener su sustrato material. La tesis fundamental de la IIT es que la experiencia consciente de un sistema es idéntica a su estructura, es decir, al conjunto irreducible de distribuciones de probabilidad de estados potenciales, pasados y futuros, relacionados causalmente entre sí. El grado de complejidad de la estructura de un sistema dado, denotado ΦMax, pretende especificar el grado de consciencia del mismo [5]. Esta propuesta teórica presentaba de entrada dos problemas fundamentales, que aún están en discusión aunque se hayan ido acotando cada vez mejor. Por un lado, la intratabilidad computacional del algoritmo que determina el valor ΦMax cuando se aplica a sistemas complejos. Por otro, que una serie inactiva de puertas lógicas, si es lo suficientemente grande o lo suficientemente compleja en sus interconexiones, tendría atribuido un valor ΦMax igual o superior al de un cerebro humano.

Tras la difusión de esta carta abierta, algunos de los firmantes han publicado textos propios precisando sus razones para suscribir la carta, e incluso para participar activamente de su redacción. Y simultáneamente se han sucedido manifestaciones públicas, por parte de otras figuras relevantes en este campo, criticando la carta tanto por su contenido como por su forma.

Por su minuciosidad y rigor, entre estas últimas nos parece especialmente reseñable la reacción de Erik Hoel [6]. Como él mismo señala, Hoel realizó su tesis doctoral con Giulio Tononi, desarrollador original de la IIT, y es autor de numerosas publicaciones que analizan los fallos y límites de esta teoría, por la que no tiene una especial predilección a pesar de conocerla muy bien. Por estos motivos su postura en esta polémica es particularmente interesante. En el texto citado, Hoel va revisando la carta párrafo a párrafo y planteando sus objeciones y contraargumentos. La tesis de fondo, muy gödeliana, que defiende Hoel es que cualquier teoría de la consciencia que alcance suficiente grado de formalización va a presentar incompletitudes o inconsistencias, y que estas no son un demérito sino una virtud, porque ponen de manifiesto su ambición explicativa. De este modo, Hoel concluye que no se debería usar el término “pseudociencia” para atacar a un rival científico; quien lo hace está, sin saberlo, atacándose a sí mismo: mañana la teoría incompleta será la suya, y, si ese día nunca llega, ello solo será prueba de mediocridad, de falta de audacia, de una falla tanto de nervio como de imaginación.

Por las condiciones de nuestro quehacer, sabemos perfectamente que no hay magia en los objetos que estudiamos. La magia que podamos ver es la que nosotras mismas ponemos, y sin ella no se producirían saltos evolutivos en la historia de la ciencia.

Notas

[1] Clarke propone una sorprendente lista en la que distingue entre hitos científico-tecnológicos “inesperados” y “esperados”. Los primeros son aquellos que no cuentan con precedentes en la imaginación científica ni literaria; los segundos, en cambio, son aquellos que sí cuentan con tales precedentes. Los primeros habían sido todos ya alcanzados cuando Clarke escribió este texto; algunos de entre los segundos, en cambio, siguen siendo vistos como imposibles. Entre los primeros figuran los rayos x, la energía nuclear, la radio y la televisión, la fotografía, la relatividad, la mecánica cuántica… Entre los segundos, en cambio, los automóviles, los teléfonos, los robots, las aeronaves y naves espaciales, los submarinos… y también el teletransporte, la inmortalidad o la transmutación.

[2] Clarke precisa que, “[e]n física, matemáticas y astronáutica”, la expresión “edad avanzada” significa “más de treinta años; en otras disciplinas, la decadencia senil se pospone a veces hasta los cuarenta”.

[3] En el texto original, esta afirmación de Clarke no es explícitamente calificada como “segunda ley”. Es la edición francesa del libro la que se toma la licencia de atribuirle tal carácter. Ulteriormente, al preparar la edición inglesa de 1973, Clarke hace suya esa decisión y añade, en nota al pie, la tercera ley.

[4] El último párrafo de esta segunda parte del ensayo comienza con la frase: “Como tres leyes fueron bastante para Newton, he decidido modestamente parar aquí”.

[5] Giulio Tononi et al. (2016). “Integrated information theory: from consciousness to its physical substrate”. Nature Reviews Neurosience, 17, 450-461.

[6] Erik Hoel, “Ambitious theories of consciousness are not ‘scientific misinformation’”. The Intrisic Perspective, 17 de septiembre de 2023. https://www.theintrinsicperspective.com/p/ambitious-theories-of-consciousness [Última consulta: 10/10/2023, 13:25].