El Siglo de Oro y el teatro contemporáneo
La denominación “Siglo de Oro” es acuñada a principios del siglo XVIII para referirse a un periodo de particular esplendor literario en lengua castellana que, no casualmente, coincide también con el apogeo del Imperio Español. Se podría hablar de un “largo siglo XVII” que comienza en las últimas décadas del siglo XVI y se diluye gradualmente en las primeras décadas del siglo XVIII. Una bisagra histórica que empieza derivándose del Renacimiento y que concluye integrándose en la Ilustración. A falta de mejor nombre, se terminó tomando prestado de la historia de las artes plásticas el término “Barroco” para etiquetar esta bisagra.

Eleonora es una obra de teatro contemporáneo que juega con la vigencia del Barroco, de su forma de abstraer la realidad para hacerla inteligible sin dejar de apelar a los sentidos. Esto supone, en vez de traer el Siglo de Oro al presente, plantear qué conservaría de la cosmovisión barroca en el momento actual un eventual Siglo de Oro literario. Significa, pues, prescindir de los rasgos concretos que describen el teatro del Siglo de Oro: su texto en verso, sus trajes de época, sus graciosos, su clasificación de géneros, sus singularidades formales… Significa provocar que emerjan, en la concreción escénica del teatro contemporáneo, su epistemología y su estética, su peculiar forma de abstraer.
Este apunte busca ilustrar ese proceso de abstracción, para hacer reconocibles aquellos elementos de la literatura barroca española, y particularmente de su teatro, que Eleonora, proyecto teatral que constituye uno de nuestros “Nodos de expresión” [1], recupera como propios:
Si hubiera que reducir el Barroco a un término, un concepto, un problema, pocos candidatos serían más adecuados que el de la representación, la abstracción representada. La estética del Barroco, con sus juegos especulares, sus construcciones en abismo, su búsqueda del equilibrio inestable, su dramatismo, su gusto por el claroscuro… constituye un esfuerzo por abarcar esta encrucijada desde las artes, combinando libre juego de la sensibilidad y preciso dominio de la técnica.
En lo que respecta al desarrollo de las ciencias, se afirma el fundamento empírico de toda forma de saber y, al mismo tiempo se constata empíricamente lo fácil que es diseñar artilugios, comenzando por las propias palabras, capaces de engañar a los sentidos. Se comprende que el conocimiento, el discurso verdadero sobre las cosas, es un artificio humano, una producción consciente, y la concordancia de esa representación con la realidad natural aparece como un enigma cuya solución constituye el gran problema que la ciencia y las artes deben resolver, así como el gran misterio que la teología puede reivindicar como propio. El teatro de Pedro Calderón de la Barca plasma perfectamente esta cuestión, que también emerge en el conceptismo de Francisco de Quevedo, e incluso en la estructura compositiva de Las Meninas de Diego de Velázquez, no casualmente evocada por Michel Foucault [2].
En lo que respecta, por otro lado, a la reflexión antropológica sobre la propia naturaleza humana, se parte de la constatación de su realidad material, de la condición, en palabras de Baruch Spinoza [3], de cuerpo pensante, de combinación orgánica, viva, de razón y pasión. Se disuelve la razón idealista que define inequívocamente el bien como destino apriorístico de la acción, y en su lugar se alza una razón materialista que justifica a posteriori las acciones como buenas, cuando se ha constatado la utilidad o el placer que se sigue de ellas. A título de ejemplo, esta redefinición materialista, problemática, esencialmente contradictoria, de las condiciones de posibilidad de la acción ética es tratada con cotidianidad aparentemente trivial, pero no exenta de detalle, en las comedias de Lope de Vega. También está presente en la sátira de la novela picaresca, cuyo máximo exponente es La vida del Buscón de Francisco de Quevedo, e incluso se puede decir que constituye uno de los grandes temas que articulan la construcción de los personajes de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.
De esto se sigue que la comunidad política tampoco persigue un bien universalmente definido, más allá de la propia autoconservación del cuerpo social y de sus integrantes. Por lo tanto, el poder soberano pierde su legitimidad trascendente, que hace de él un instrumento necesario para la consecución de ese bien universal. En su lugar, emerge la idea de una legitimidad inmanente, del soberano como representante que, como escribirá Thomas Hobbes [4], actúa en nombre de la autoridad del pueblo aunque, al mismo tiempo, adquiera una autoridad que haga de los ciudadanos (o súbditos) actores de un orden social en el que el derecho y la economía definen sus papeles. El carácter especular y dialéctico de la relación entre representación y cuerpo social, la dimensión ficticia, narrativa, impostada, de las relaciones sociales en su proceso de racionalización jurídica y económica, se manifiesta con claridad en los dramas de honor, y de forma singularmente intensa en Fuenteovejuna de Lope de Vega, por hacer orbitar el conflicto en torno a una insurrección colectiva, acentuando la tensión entre lo constituido y lo constituyente en la restauración de la justicia que propicia la intervención del rey. Y también está presente, aunque sea con un desenlace caótico, en El retablo de las maravillas de Miguel de Cervantes.
Ha transcurrido el tiempo, cargado de guerras y revoluciones, pero estas grandes cuestiones no han perdido su vigencia. También han ido sucediéndose nuevas propuestas epistemológicas y estéticas para abordarlos. A veces, únicamente para soslayarlos o cerrarlos en falso. En otras ocasiones, con el genuino propósito de despejar la Niebla, han arrojado sobre ellos la luz de un Rayo que no cesa. Y en esos casos se ha revitalizado la vieja fuerza del Barroco a través de nuevos cuerpos, de nuevas obras.
Eleonora es una gran metáfora escénica, una abstracción representada, que, con su estructura recursiva y abismada, con su conceptismo anacrónico, articula y fusiona teatro e investigación, ciencia y ficción, cuerpo y tiempo, pasión y razón, dolor y justicia.
Notas
[1] Se desgaja, en realidad, de otro de mayor alcance, que sigue su propio recorrido: La mala hierva.
[2] Michel Foucault (1966). Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Siglo XXI, Madrid, 2006.
[3] Baruch Spinoza (1677). Ética demostrada según el orden geométrico. Ed. y Trad. de V. Peña García y G. Albiac. Tecnos, Madrid, 2007.
[4] Thomas Hobbes (1651). Leviatán, o la materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y civil. Trad. de Carlos Mellizo. Alianza, Madrid, 2009.