Como un procedimiento que te permite entender la termodinámica de los procesos biogénicos

¿Hay algo que puede ser más simple? Lo habitual es intentar reconocer que aquello que hasta la fecha podemos definir no recoge toda la complejidad que tiene el fenómeno observado, y como consecuencia carecer de la totalidad de información, de un todo. Y desde el mundo de los espectros, fracción o parcialidad, debemos completar, acto que señala el sentido de la información que aportamos: de nosotros, cuerpo pensante, al medio, fenómenos observados, dado que nuestra muestra siempre será un universo reducido de la realidad. ¿Comprimido quizás? Pero si el proceso de abstracción que aplicamos para medir la realidad tan solo nos permite reconocer la complejidad como la parte más grande del resto de partes adquiridas y no diferenciar en fracciones o cantidades calculables el espectro el todo complejo al igual que el todo cognoscible que conseguimos discretizar, esto se debe a una tendencia ilimitada de nuestra razón actuaria para asociar complejidad a incremento lineal de la entropía, una ventana de sucesos que no llegamos a aprehender dado que estamos situados a una distancia abstraída, bajo un régimen topológico alejado de la línea. Esto de no adquirir, no abarcar, no comprender, por la distancia que tenemos a lo real, ¿no será porque todavía no hemos alcanzado una función más simple? ¿Lo que no conocemos es complejo o esta comprimido?

Habitualmente se entiende que el fenómeno reducido a unas cantidades que se pueden mensurar pasa por no comprender todo lo acontecido. Aceptadas por la comunidad las aplicaciones prácticas asociadas a la métrica, la calculabilidad, nadie puede poner en duda la capacidad que nos ofreció el prisma para la descomposición en frecuencias, y la contribución y alcance para la elaboración ulterior del espectro electromagnético y de los fenómenos que se derivan. La razón, con el tiempo, ha profundizado en el ejercicio para intentar resolver todos aquellos vacíos que se quedaban fuera del espectro de frecuencia analizado por Newton. No cabe duda que el ejercicio experimental ofrecía verdades científicas irrefutables, pero todo parece naufragar siempre en conclusiones parciales, pero no difusas, el límite de lo cognoscible en el marco gnoseológico a lo largo de la evolución, exige que no haya ruido en una observación.

Newton, como señalaba Goethe, se equivocó en su deducción, pero nos ayudó a marcar el límite de lo difuso, la frontera que permite reconocer todo lo que hay más allá como algo complejo, y como consecuencia de este factor perceptivo [preceptivo], una función incremental cuantitativa, aunque esto haya supuesto cometer algún que otro error interpretativo desde algunas corrientes orientadas a las teorías de la complejidad: a. pensar que lo que está fuera de un límite es más complejo y b. asociar la complejidad a un fenómeno incremental, cuantitativo, pasando por alto el factor espacio-temporal, el lugar, la condición topológica de la materia, desde la que nuestro artefacto de la razón no ha establecido el límite para abarcarlo. En definitiva, ¿lo que hay más allá puede ser más o menos en magnitud y sencillo? El factor a evaluar pasa por saber si existe la posibilidad de estar más cerca [de nuestra abstracción] siendo más o menos en magnitud.

No son pocas las ocasiones que nos ofrece una reunión, un encuentro entre colegas, para descubrir los balances de opinión entre algunos sectores profesionales dedicados al quehacer científico técnico; deformación profesional lo llaman. Entre la interpretación que se suele realizar en el desempeño de la física, a la hora de definir el fenómeno de la luz y el ejercicio de la biología o la bioquímica, existen muchas fronteras. Para unos, es la longitud de onda de una luz visible, para los otros, un integrado [mecanismo] neuroquímico entre el ojo y el cerebro. Para los primeros, un fenómeno reducido, para los segundos, algo que tiende a ser mucho más complejo, un entramado de células foto-receptoras [conos y bastones] que transducen la luz en información para entrar en el sistema nervioso y desencadenar los procesamiento ulteriores. De nuevo, para completar el vacío, el vicio de ponernos en el camino hacia el mundo de la complejidad, incrementando el volumen de información como condición que garantiza el infinito en nuestra tarea prospectiva.

En realidad, esto responde, casi en exclusividad, a los cierres categóricos de las distintas áreas de conocimiento. No es que los físicos rechacen las inclinaciones de la biología, ambas disciplinas pertenecen al estudio de los fenómenos naturales, solo cierran su esfera de categorías estableciendo un límite. Del fenómeno de la luz al sistema nervioso se recorre una multitud de disciplinas que llegan hasta las áreas médicas. Y entre la mayoría de estas fronteras se dejan sombras que no están dentro del espectro de luz, de la radiación; ajenas a la fuente de emisión son consideradas como una aberración dado que residen fuera de este [espectro]. Es curioso observar cómo a lo largo del tiempo se suceden los límites según vamos determinando la composición de los fenómenos observados, según nos acercamos a su estudio, incorporando información. Entre las hipótesis de Pitágoras y Empédocles había un cambio en el sentido de la fuente de emisión para explicar el fenómeno del color. Uno asimilaba que los objetos emitían la partícula que llegaba al sujeto receptor y el otro lo pensaba en espejo, en viceversa. Los límites eran más grandes, pero las sombras tenían más espacio-tiempo para ser translúcidas, transformadas, transmutadas en áreas, categorías o taxonomías de información. La sombra no está dentro del espectro de emisión. ¿No tiene espectro?

Cuando proyectamos una fuente de luz con algún par [color] complementario sobre uno de los lados simétricos de un icono [objeto], el observador incorpora, completa la simetría, con el otro par de color a modo de una frecuencia armónica. Algunas personas, erróneamente, atribuyen el fenómeno observado a una generación especular entre el sujeto observador que ve y el espectro de onda que emana del objeto proyectado. En definitiva, el observador al incorporar información determina que no hay espectro de onda en el otro lado. Cuando la interacción de un espectro de radiación con el medio muestra un color como resultante, nosotros completamos con el par armónico a modo de un equilibrio de cargas. Pero ¿somos nosotros? ¿No hay espectro? ¿No hay radiación? ¿Es una aberración? Para la práctica científica solo debe ser admisible el paraguas de las estructuras materialistas, eje vertebral que nos obliga a determinar la realidad del fenómeno observado fuera de nuestras fronteras perceptivas.

El estudio sobre el color nos revela funciones emergentes, como las mostradas en la teoría tricromática, donde podemos componer y descomponer a modo de intercambio de cargas. Coincidencia o contingencia evolutiva, lo cierto es que desde que Tomas Young [1773-1829] empezara a plantear la batería de ensayos sobre la paleta, hasta la fecha actual, se observa un transito o discurrir en la elaboración de hipótesis asociadas a la tesis de la transmutación que, más allá de la alquimia, intenta salvar el peso de la curva paradigmática actual con todos sus obstáculos, hasta el punto de querer derivar el concepto a un marco experimental dentro de los términos de la fusión fría, bajo el potencial de transmutar elementos a temperatura ambiente, ahora sí, debido a un intercambio de cargas [protones]. ¿Este suceso hace que el ejercicio intuitivo de reducir epistemológicamente todos los procesos a uno, se acerque a nuestra condición histórica, al grabado o huella que deja el proceder cultural en nuestros tejidos?

Hace poco tiempo me encontré con una nota que advertía: “Cuando hay algo que no anda bien en vuestra epistemología, es que hay algo que no anda bien en vuestra ontología.” [A. N. Whitehead]. Llevarnos todo al fenómeno de la complejidad es posible que forme parte de una mala ontología.

Una muestra de este discurrir ontológico y de sus fronteras cognoscibles a lo largo de la línea histórica, la encontramos en Albrecht von Herzeele. Este médico de la Universidad Humboldt de Berlín en 1873 publicó un tratado, Sobre el origen de las sustancias inorgánicas, donde proyecta una sombra intelectual que ha generado mucha inquietud en la comunidad científica. La tesis principal se viene a resumir en que “no es la tierra la que produce la planta, sino la planta la que crea la tierra”. A partir de 1876 publicó el primero de una serie de libros en los que mostraba que las plantas crean continuamente elementos materiales mediante un mecanismo aberrante de generación espontánea. De 1875 a 1883, en Berlín, realizó quinientos análisis con diferentes tipos de semillas: trébol, carmesí, arveja, colza, cebada, berro, frijol, alubia blanca, nabo, centeno y guisantes, entre otras muchas simientes. Pero, entre todos, el experimento más representativo dentro del mundo de la botánica fue el de la determinación de la variación de calcio, potasio y fósforo en Vicia sativa durante la germinación con o sin la adición de sales minerales en agua destilada; demostrando que la adición de varias sales de calcio al medio aumentaba la formación de potasio; concluyendo que las plantas son capaces de efectuar la transmutación de los elementos.

Sus publicaciones indignaron tanto a la comunidad científica de la época que fueron retiradas de las bibliotecas. Muy a pesar de algunos sujetos, desde entonces, existe una comunidad científica que ha replicado y ampliado los experimentos. Ese es el caso de Pierre Baranger, científico francés, profesor de química orgánica en la École Polytechnique y director del Laboratorio de Biología Química. Entre 1950 y 1970, intrigado por los experimentos de Von Herzeele, pensó que a) el número de ensayos había sido muy limitado; y b) que las precauciones contra posibles contaminaciones y/o errores podían presentar varias deficiencias en el control experimental en el laboratorio. Pierre Baranger decidió repetir los experimentos y multiplicar el número de casos, lo que permitió un estudio estadístico riguroso. ¿Podemos imaginar las conclusiones de la replicabilidad o extensión experimental? Os invito a buscarlo.

El caso es que en 1901 la McGill Physical Society convocó una reunión titulada “La existencia de cuerpos más pequeños que un átomo”. Allí enfrentaron posiciones Rutherford y un joven químico de Oxford, Frederick Soddy, que al parecer se encontraba en McGill por casualidad. El discurso de Soddy, “Evidencia química de la indivisibilidad del átomo” , fue un alegato en oposición a las corrientes de los físicos allí presentes, especialmente a Thomson y Rutherford. Este último invitó al joven especializado en análisis de gases a unirse a él para proyectar un conjunto de ensayos que los llevarían a los territorio más disruptivos e insospechados de la época.

Lo que allí se proyectaba no difería mucho de las mismas estaciones difusas del saber por las que ya había pasado la razón años antes, con la teoría del color como fondo de pantalla. Los límites difusos que se planteaban encontraban nuevamente los mismo horizontes. Rutherford conseguía dividir el átomo y, al hacerlo, el mundo quimérico abrazaba a la alquimia rozando el éxito por primera vez en la historia. El espacio de la especulación categórica para la composición de los nuevos términos [conocimientos] volvía a debatirse entre un límite y un abismo [conceptual], entre la “desintegración” y los estuarios de la transmutación natural. Cuando Rutherford y Soddy se dieron cuenta de que la radiactividad hacía que un elemento cambiara naturalmente a otro, Soddy alertó a Rutherford de que lo que estaba ocurriendo se debía al fenómeno de la transmutación: “el torio se está desintegrando y transmutando en gas argón.” A lo que Rutherford respondió: “… Soddy, no lo llames transmutación ¡Nos van a cortar la cabeza como alquimistas!”.

En 1908, el gigante Rutherford había sido galardonado con el Premio Nobel de Química “por sus investigaciones sobre la desintegración de los elementos y la química de las sustancias radiactivas”. Nunca hubo un segundo premio por su detección de partículas alfa individuales o el descubrimiento del protón.

Es lo que ocurre cuando la ciencia genera conceptos al azar, sujeta a las corrientes propositivas de un orden social como el que habitamos, alejándose, yéndose más allá de la realidad, en la necesidad de construir universales que pretenden salvarse de la realidad, ser más, más listos, más guapos, más imbéciles, sumar en definitiva para aumentar la complejidad ontológica del ser, estableciendo una fenomenología que duda entre acercarse a un espíritu como fenómeno adscrito a la materia o acercarse como ser espiritual a un objeto que lo abarque como observador y lo comprenda. ¿El camino más corto determina lo que puede ser realizable?

Ya dejamos para otro día el asunto de los calcetines con dedos, y la memoria física de los cuerpos como un proceder que te permite entender la termodinámica de los sistemas abiertos.