Sobre la construcción de un sentido

La gran paradoja del individualismo es que, al aislar al sujeto en su propia esfera de competencia y deseo, lo despoja de la riqueza de la experiencia compartida, de la sabiduría que solo se alcanza en la intersección de múltiples puntos de vista y habilidades adquiridas desde el marco de la abstracción. Esta habilidad requiere tiempo, un espacio que facilite este proceso de construcción razonada de un sentido. A esta deriva se suma la exaltación del “yo” como proyecto, como marca personal en constante evolución. El éxito ya no se mide por la capacidad de comprender el mundo en su complejidad, sino por la habilidad de autopromoción y diferenciación dentro del vasto mercado de identidades. La sociedad contemporánea no premia la síntesis del conocimiento, sino la especialización extrema del mismo, siendo esta propuesta más fácilmente cuantificable y, por tanto, comercializable.

Si hemos de recuperar el sentido profundo del conocimiento, es necesario volver a la posibilidad de pensar más allá de las categorías impuestas. Esto implica rescatar el diálogo entre disciplinas y quehaceres, la reflexión filosófica como eje transversal de toda forma de saber, y la recuperación de espacios donde el pensamiento pueda fluir sin las ataduras de la utilidad inmediata. Estamos en una sociedad que, al primar la cantidad sobre la calidad, limita las posibilidades de nuestra razón, aunque no lo parezca. Se tiende a pensar que en lugares con más posibilidades o herramientas uno puede lograr mejores avances, y aunque es en parte cierto, depende del foco y la intención con la que nos relacionamos con las posibilidades a nuestro alcance, evaluando cuales de ellas pueden ser trascendentales en nuestra vida. Aunque parezca paradójico, cuando uno está limitado a las herramientas que tiene, desarrolla ciertas capacidades creativas que probablemente en un espacio con demasiados estímulos, posibilidades y exigencias estas capacidades no brotarían con la misma intensidad. Ponemos en ocasiones este pretexto como excusa y nos limitamos a la hora de emprender un camino hacia el conocimiento. En cambio, cuando uno piensa que las herramientas que tiene a su alcance son suficientes para hacer cosas extraordinarias, elige explorar qué hay de verdad en uno mismo. Decidimos entonces poder llegar a enamorarnos de nuestra propia intuición.

Pájaros en la cabeza, según una artista cibernética.

Ahí comienza un camino muy interesante, que uno transita por lo general a solas, siguiendo sendas difíciles, en un proceso liberador y apasionante. En ocasiones llevará a un ejercicio de dialogo interno sobre las propias capacidades, conocimientos y necesidades. La abstracción ayuda a revelar lo esencial, despeja elementos accesorios que nublan la visión para llegar al núcleo de lo que verdaderamente es. No se trata de huir de la realidad, sino de pararse a contemplarla y comprender sus conexiones más puras, sin los condicionamientos impuestos. En este proceso, se requiere que veamos más allá de la inmediatez de los hechos, que reconozcamos las estructuras invisibles que rigen la vida y que descubramos cómo transformarlas.

La sociedad, especialmente a través del sistema educativo, sin embargo, pone un velo sobre esta capacidad tan poderosa de la mente humana. Se nos enseña a ver el mundo en fragmentos inconexos, a especializarnos en parcelas estrechas del conocimiento, cuando en realidad la comprensión más profunda de la realidad nace de la capacidad de abstraer los principios comunes y aplicarlos en distintos ámbitos de la existencia. Se nos inculca que el conocimiento es algo externo, algo que se memoriza y se acumula, cuando en realidad el verdadero saber es un proceso, un arte de depuración que nos permite encontrar patrones, crear nuevas formas de entender la realidad y expandir nuestra conciencia.

Podemos reflexionar sobre cómo el ser humano debe construirse en su capacidad de conocer para afrontar el futuro. Lo que está claro es que somos proceso, somos transformación. El “yo soy” nos limita, las etiquetas, aunque en ocasiones necesarias, no reflejan la realidad de la esencia humana. Si nos sujetamos a una etiqueta para definir quién o qué somos, separamos el amor del conocimiento. Amor al compromiso, a la curiosidad y a la pasión, tanto en las relaciones humanas como en el camino de la razón. Amar y aceptar a la persona en quien nos transformamos nos permite conservar nuestra capacidad de aprender sobre el mundo que nos rodea conforme este va cambiando, a lo largo de las diferentes fases de nuestra vida.

En este camino lo interesante no reside en el cúmulo de conocimientos, sino en llegar a formar un pensamiento lúcido, una mirada amplia hacia lo aún desconocido. Esa lucidez se concreta en dos características fundamentales: la inquietud por comprender y el cultivo de una creatividad aplicada. Gracias a ella, ponemos a prueba nuevas formas de estudiar la realidad, despejar incógnitas y plantear nuevos caminos que cambian el curso de nuestra vida.

¿Y a ti, qué te hace libre? ¿Qué inquietudes orbitan tus pensamientos?

En la construcción de un
sentido me pierdo para
encontrarme

Y hallo en mis pensamientos
destellos que iluminan el camino
de la intuición.

En ocasiones, el fragor de la
batalla entre el deber y el
querer impide escuchar con
claridad la dirección de mis
pasos.

Siendo el orden en el tiempo de
personas y lugares el que da
forma a las fronteras de mi
destino.