La microbiota está profundamente relacionada con el funcionamiento del sistema cardiovascular.

Micrografía de una colonia bacteriana, con color realzado. Fuente: https://www.deviantart.com/reinnomm

Teilhard de Chardin escribió: “La Química es la Física de lo infinitamente pequeño, Biología es la Física de lo infinitamente complejo”.

La elaborada filosofía natural de este quimérico personaje (paleontólogo, teólogo, evolucionista y, para algunos, conspirador [1]), tiene el propósito no tanto de explicar como se desenvuelve el mundo, sino el orden que despliega. En un ejercicio gigantesco de abstracción, Chardin intentó describir la vida en función a límites de complejidad y de tamaño, que abarcaban todo: desde las moléculas a la conciencia humana. Niveles que tienden de lo simple a lo complejo hasta alcanzar el culmen de la cerebralidad.

Pero Chardin no fue ni mucho menos el primero. A lo largo de la historia (acotemos en algún punto, de la ciencia) los naturalistas han tratado de establecer límites más o menos precisos para conocer los objetos vivientes, su identidad y su lugar dentro del orden universal. Aceptemos su acierto: poco se puede conocer de lo infinito. Mas, como una figura fractal, estos límites se vuelven esquivos según uno se acerca a sus intersticios.

Incluso en la más elemental de las tareas, la Biología parece resistirse a la lógica general. Como ese pequeño duende doméstico que te esconde las llaves, parecería que a la naturaleza le divierte jugar con nuestra percepción del mundo.

Hace tiempo que aceptamos (no sin reticencia) que nuestra concepción subjetiva más básica está patas arriba: en el mundo físico natural no existe un yo, ni un tú, solo un nosotros. Nosotros como conjunto de agencias superpuestas, solapantes e interdependientes. Como remolinos de materia e información. Por supuesto, eso no quiere decir que vivamos en una masa informe de vitalidad. Existe un orden, pero los límites dentro de ese orden no pueden ser descritos por una lógica simple de etiquetas y cajones estancos.

Aunque siguiendo esta aventura se podría ir por otros caminos un poco más abstractos, centrémonos por el momento en las relaciones entre la microbiota intestinal y los órganos del cuerpo humano. La microbiota es el universo de especies que viven en nuestros tegumentos, haciendo de ellos un ecosistema por derecho propio. Estas especies son mayoritariamente bacterias, pero también hongos, animales microscópicos y una cantidad enorme de virus. Los tegumentos, por su parte, son los límites físicos del cuerpo humano, entendido éste como el conjunto de células organizadas y devenidas de una misma línea evolutiva, trazabilizables (diabluras aparte [2]) hasta la fecundación. Estos tejidos son las superficies externas e internas que históricamente nos separan del medio: piel, narinas, boca, garganta, tractos reproductores y urinarios y, muy especialmente, el tracto intestinal.

La microbiota no solo habita estos tejidos, sino que los moldea del mismo modo que otras especies (de animales, por ejemplo) hacen con su medio. Los diferentes equilibrios de biodiversidad establecen diferentes relaciones con su entorno. A este punto, no es sorprendente que la microbiota tenga un papel importante en la salud, la enfermedad y la senescencia de los tejidos que habita. Sabemos bien que el crecimiento de algunas bacterias patogenizadas o las infecciones por virus intestinales pueden llevar a las clásicas colitis, diarreas y gastroenteritis. Del mismo modo, algunos tipos de bacterias (como muchos lactobacilos) tienen un efecto protector sobre el intestino. Pero esta solo es la punta del iceberg.

Lo realmente sorprendente es cómo, cuando nos acercamos más y más a este micromundo, más intrincadas son las dependencias entre el “organismo” y “su medio”. No es solo que la microbiota influya sobre los tejidos en los que habita, sino que lo hace con todos los sistemas y órganos del cuerpo humano, usando una plétora de mecanismos indistinguibles en su funcionamiento de cualquier otro proceso integral del organismo: bioquímica sanguínea, regulación hormonal, estimulación nerviosa, inmunidad celular, alteraciones del comportamiento y más. La microbiota es un órgano simbiótico, inseparable del resto de la biología corporal.

Desde hace varios años, desde BioCoRe, venimos investigando estas dependencias con diferentes sistemas [3]: nervioso, inmune, testicular. La administración de probióticos (combinaciones de bacterias con capacidad de mejorar o equilibrar las relaciones ecológicas de la microbiota en beneficio de la salud humana) y prebióticos (alimentos que promueven el crecimiento de bacterias con impacto positivo en la salud) es una alternativa terapéutica muy prometedora para combatir la degeneración de los tejidos y la senescencia en general.

Más aún, este marco de investigación nos permite aventurarnos en una tarea más ambiciosa pero fundamental: la del procesamiento de información en los límites del organismo. Porque la microbiota, en su doble condición de ser y no ser cuerpo humano, es una candidata perfecta para estudiar la dialéctica entre organismo y ambiente (algo de lo que se ha escrito mucho, pero se ha resuelto bastante poco).

Preparando la siguiente fase de esta línea de investigación (el impacto de ciertos probióticos sobre el envejecimiento del corazón), nos volvemos a sorprender con cómo de integrales son estas relaciones. De acuerdo con la literatura existente, y aún siendo un campo mayormente inexplorado, se han encontrado evidencias de que la microbiota está profundamente relacionada con el funcionamiento del sistema cardiovascular.

Hay una evidencia creciente de que una intervención con probióticos, que mantenga o recupere las poblaciones de bacterias beneficiosas en el tracto digestivo, representa una estrategia terapéutica prometedora para el tratamiento de enfermedades cardiovasculares, previniendo o combatiendo cuadros como la hipertensión o la disfunción endoteliar, y para reducir su riesgo de ocurrencia. Por ejemplo:

Estos procesos de regulación conectan directamente las señales externas (alimento, estrés, ejercicio, reposo y las propias dinámicas poblacionales del intestino) con el funcionamiento cardiovascular, el eje de transporte del cuerpo. La microbiota, actuando como un procesador distribuido, es capaz de digerir la información para producir señales sencillas, sintéticas, que modulan adaptativamente a todo el cuerpo. Y en consecuencia, su propio ambiente. El mismo que les es constitutivo e inalienable.

Hablar de un objeto definido y definitivo frente al medio es imposible. Los seres vivos solo pueden entenderse desde una óptica de procesos, y estos procesos no van a ser descritos mediante una lógica simple. La clausura operacional, la emergencia de niveles de agencia y la lógica dialéctica parecen ajustarse mejor a un universo vivo que se nos sale de las jaulas, escurriéndose entre los barrotes.

Chardin falló en dar una solución finalista al orden natural. Sin embargo en sus trabajos (literariamente hermosos y provocadores) acertó en algo fundamental: la complejidad se superpone, crece de forma exponencial y lo abarca todo hasta alcanzar una esfera continua de información, de conocimiento. Cual microbiota trabajando por lograr una síntesis, aceptemos el reto. A modo de latido, mas nunca de epitafio: la Biología es la Física de lo infinitamente complejo.

El artículo que ha detonado la redacción de esta bitácora es el siguiente:

Vasquez EC, Pereira TMC, Peotta VA, Baldo MP, Campos-Toimil M. Probiotics as Beneficial Dietary Supplements to Prevent and Treat Cardiovascular Diseases: Uncovering Their Impact on Oxidative Stress. Oxid Med Cell Longev. 2019 May 7;2019:3086270. doi:10.1155/2019/3086270